María Paulina Soto Labbé destaca la cartografía cultural y cuenta cómo va el trabajo investigativo y estadístico en Chile PDF Imprimir Correo electrónico
Jueves 29 de Enero de 2009
Chilena, experta en investigación aplicada a políticas públicas para el sector artístico y cultural, vinculada hace una década a las redes iberoamericanas de cooperación cultural y docente en carreras de ciencias sociales, arte y gestión cultural.

ODAI: ¿Qué es la cartografía cultural y cuál es su papel en Chile?

El proyecto chileno ha tenido una repercusión relativa en tanto  sistema de información cultural estatal territorial. Si bien se convirtió en precursor regional el año 1999, y se reiteró el 2002 y parcialmente el 2005, no ha tenido la continuidad que se esperaba dentro del país. La experiencia se ha replicado en cuatro o cinco países de América Latina, con adaptaciones y de acuerdo a sus prioridades; pero fundamentalmente la cartografía cultural provocó la discusión sobre la necesidad de que los países cuenten con sistemas de información cultural estables.

María Paulina Soto Labbé

Fue planteada originalmente como una apuesta experimental, para desarrollar instrumentos de medición de las expresiones culturales asociados a los territorios delimitados con criterios distintos a los culturales. También para producir datos que dieran visibilidad al impacto de la cultura en el desarrollo, para ajustar la gestión pública del sector y proveer formas de divulgación de las mediciones de fácil lectura; fundamentalmente incorporar los directorios y mapas entre las herramientas de gestión cultural.
Mirado autocríticamente y luego de 10 años, el primer mensaje es que nuestros Estados tienen que comprometerse nuevamente con la producción de información que alimentar indicadores culturales de desarrollo. Para eso son los sistemas, pero deben tener estructuras de asentamiento estables, tal como ha ocurrido en otras áreas de emprendimiento económico que tampoco son un sector tradicional de la economía (TICs, Turismo). La profesionalización del sector depende bastante de ello. Aquí, se necesita del apoyo de los organismos públicos que por Ley tienen esa responsabilidad. La medición no la deben hacer las instituciones de cultura, deben emprenderse por ejemplo, desde el banco central o los institutos de Estadísticas. Las mediciones esporádicas no sirven. Sólo cumplen una función simbólica que recuerda la necesidad, pero nada más.

La tarea número dos, es continuar evaluando comparativamente entre nuestros países. No basta con sólo tener una película o una serie de diez años, sino al menos, algunos hitos de ranking regionales referidos a temas específicos. Ahora en la región, sólo disponemos de una aproximación a consumo como producto del esfuerzo y apoyo del Convenio Andrés Bello. Sabemos no nos podemos medir con los mismos instrumentos que Australia y Canadá, por eso estamos en la obligación de pensar metodologías entre los países de América Latina.


ODAI: ¿La cartografía cultural cómo apoya el diseñó de las políticas públicas?

La cartografía nos mostró la necesidad de instalar estadísticas culturales, de hacer un levantamiento de información cultural con base en las cadenas de valor de cada disciplina, porque hace rato que entendimos que necesitamos enlazar la cultura y la economía.

Yo no diría que ha generado política, pero si ayudó a tomar decisiones de ajustes de instrumentos importantes de fomentos como los Fondos concursables. También nos dio la base para incidir en lo que el Instituto Nacional de Estadística venía haciendo. Pudimos influir en las mediciones estadísticas, pero todavía falta mucho porque parte importante de lo que se publica, es relevado por una red de informantes públicos y privados que convoca el Consejo de la Cultura cada año. Yo creeré que hemos influido políticamente en los sistemas de información del país, cuando en los periódicos, junto a la publicación de los índices de venta de automóviles,  figure un índice de creatividad, de consumo cultural o una tasa de infraestructura cultural por cada 10.000 habitantes. Hoy estamos lejos de eso.
No debe olvidarse que para el diseño de políticas nuestros líderes siguen siendo intuitivos y sectorialistas, por lo tanto la falta de información estadística y cualitativa, es su debilidad, pero también la nuestra. Sólo llegando a acuerdos sobre la importancia del sector para el desarrollo global, la población comenzará a preocuparse por estos temas y a entenderlos.


ODAI: ¿Cuál es su opinión sobre los estudios de impacto de las industrias culturales?

Es probablemente el otro caballo de batalla de la cultura en estos últimos 10 años y a veces en desmedro de otras expresiones no industriales. Hemos visto la experiencia italiana y alemana, allí lo fundamental fue la convicción de un grupo importante de académicos y políticos -hacer tres décadas-, de generar  indicadores que fueran lo suficientemente contundentes para poder golpear las puertas de los ministerios de hacienda y economía y poner en discusión el tema de la inversión en el sector. Se trataba de economías con tradición estatista. Ellos hoy saben que no basta con tener estadísticas. Sin embargo, lograron cambios en las normativas y el tema tiene un lugar en las agendas políticas.

Nuestros estadistas en cambio, siempre han creído que el presupuesto de cultura “se va al bolsillo roto”, ese es un reto importante ante las discusiones sobre las reducciones de gasto de los Estados. Con los estudios del impacto de las industrias, la conversación entre los economistas y los que estamos trabajamos en la gestión cultural, se facilita, porque las investigaciones están usando los instrumentales conceptuales y metodológicos de la economía y su propia jerga.

Además de estos procesos que ocurren al interior del Estado, la visibilidad de las mediciones sobre industrias y la propia conceptualización vulgarizada de estos debates, se ha infiltrado en la sociedad y están ocurriendo otros fenómenos fuera del estado. Por ejemplo, hace 10 años no había nadie en el continente que pudiera implicarse en la medición económica de la cultura, hoy se produce una aceleración en la demanda por información cultural y con ello, los profesionales de distintas disciplinas se pueden especializar; economistas, estadísticos, geógrafos, sociólogos, ingenieros comerciales, arquitectos o abogados, por mencionar algunos.

La otra gran contribución de las mediciones de las industrias  fue entonces, instalar en la academia y en los medios de comunicación de los países de la región, la discusión sobre indicadores. Hoy ya comienzan a estabilizarse observatorios de Industrias Culturales como el de Buenos Aires y que informa indicadores de manera estable. Esa experiencia se descuelga de ciertas voluntades y convicciones personales, pero ha persistido en el tiempo, gracias a ellas. El paso siguiente es institucionalizarlas. 

Las preguntas que vienen, y que están asociadas a la medición del sector, es qué vamos a considerar por industria cultural y cómo vamos a conocer la cadena de valor de ellas, porque el mapa de las expresiones culturales  se complejiza cada día a causa de la globalización y la tecnología con sus nuevos soportes y lenguajes. Los pocos mapas que tenemos son parciales y discontinuos. Hay que dejar el historial de estas  discusiones para no partir de cero. Todo esto tiene directa incidencia sobre los derechos autorales y ustedes más que nadie lo saben.


ODAI: ¿Cómo financia el Estado a las industrias culturales?


Nuestro sistema de financiación estatal a la casi totalidad de la cadena de valor de las disciplinas; formación, creación, producción, distribución, entre otros, es desde hace 15 años, a través de fondos concursables. Se financian proyectos y no directamente obras. Es un sistema de subvenciones y la retribución es principalmente en difusión.

La versatilidad de los concursos se va ajustando según demanda año a año y éstos procedimientos de distribución y subvención que podrían ser una gran base de datos, son difíciles de analizar porque mutan muy frecuentemente. 

También influye el que las denominadas industrias tienen fondos que se han ido autonomizando o han sido creados en distintas épocas. La experiencia de unos es muy distinta a la de otros, como producto que lo que se requería y se sabía el año 1992, no es igual a lo que ocurre el 2004.  Pasa por ejemplo, con el Fondo de Fomento al Libro y la Lectura, que es del 92 y el de Audiovisual que es del 2004. Luego, hay otros factores que influyen; la capacidad de presionar de los gremios, su representación al interior de las academias, o el involucramiento de los artistas en los procesos políticos contingentes. Por el momento y gracias a la estabilidad de los gobiernos de un mismo cuño, en estos 17 años, los mecanismos han ido madurando, pero podrían ser modificados en un cambio de gobierno de otro corte, para bien o para mal.

Creo que mientras los artistas y los gestores no sean solidarios entre si, su poder simbólico y de seducción ante la sociedad, no va a rendir los frutos que se requiere, en orden a mejorar los aportes del sector privado y a perfeccionar los mecanismos  del Estado para su promoción y autonomía. Los fondos han creado fuertes dependencias y cada cual defiende su propio proyecto y escasos recursos, sin mirar el conjunto.

Hay industrias cuyos mecanismos de financiamiento son más modernos como el caso del audiovisual, que por lo costoso de sus producciones, debió buscar alianzas y recursos internacionales para hacer películas, apoyos de otras instancias del Estado más vinculadas al fomento productivo, estímulos para inversiones privadas, asignación directa de recursos (sin concursos), patrimonialización de la producción nacional e iniciativas público-privadas de formación y diversificación de audiencias, entre otros. Así es como  el proceso del sector audiovisual fue muy distinto al del libro, porque lo editorial no tuvo que justificarse nunca. Incluso el fondo del libro en Chile se creó antes que el Fondo Nacional de las Artes y por lo tanto, arrastra una historia que deriva de su instalación temprana lo que le genera problemas operativos al día de hoy. El discurso de la alfabetización tradicional lo hace indiscutible como medio, pero según los resultados estadísticos, la cantidad de producciones es significativa y ha aumentado gracias al fondo, pero la producción es sólo un componente de la oferta. La pregunta es: ¿circulan, se leen, se conservan?.

Hoy, más que la producción de libros se requiere facilitar el acceso privado, porque los libros en Chile son muy caros. Además, se necesita mejorar los hábitos de lectura, que junto a la adquisición, son dos cosas directamente imbricadas. El libro no ha tenido que pelear por existir, los otros lenguajes expresivos sí, pero en todos hay prioridades y muchas tareas por hacer porque las ventajas de legitimidad del libro, se ven “boicoteadas” por los lenguajes audiovisuales o sonoros que hoy son casi bastante universales y de libre acceso.


ODAI: ¿Cómo ve el panorama de investigaciones en América Latina?

En resumen, en los últimos 10 años en el continente se ha movido el tema. La conclusión principal es que va en ascenso y eso va a permitir que en los próximos 5 años haya institutos de investigación más fuertes y experimentados y que las consultoras privadas proliferen.

Tengo la impresión de que el número crítico de especialistas para hacer investigación en cultura es bajo, por lo tanto, la masa de jóvenes que empieza a reconocer en su disciplina y su lenguaje especializado, la inclusión del sector creativo como objeto de su especialización, deberá crear o descubrir nuevos nichos de inserción laboral para persistir en sus vocaciones y hacer crecer el número de profesionales que se dediquen a la investigación. Hoy día, somos muy poquitos.

En Chile, se creó el programa “Haz tu tesis en cultura” hace 10 años y a través de él, se han registrado unas 200 o 300 tesis sobre el sector, que es número pequeño pero ya es algo. Muestra la tendencia que menciono de creciente interés. Hay que buscar mecanismos de alianza del estado con las universidades para la definición temprana de las vocaciones asociadas al sector. Necesitamos definir cómo hacemos más y mejores tesis de post grado, cómo estimulamos que tengamos investigadores que permanezcan en el sector y cómo promovemos que se especialicen en los países más avanzados.

Todos los académicos observamos el crecimiento de la temática y sabemos que necesitamos el apoyo del estado aún cuando éste no reemplazará en su función formativa y profesionalizante, a las universidades. Con este tamaño de sector, las iniciativas privadas tipo consultoras, tienen mal pronóstico para ser nichos de profesionalización y especialización. Hay que recuperar el rol de las universidades en este punto, hay una discusión fuerte que dar porque las universidades vienen hace décadas retirando sus fondos para investigación.

La investigación requiere recursos suficientes para generar estudios con continuidades, por lo tanto, tenemos que generar mecanismos que aseguren a los estudiosos que van a tener demanda. Hay que generar un círculo virtuoso con las universidades y con los profesores para reflexionar sobre la cultura y su rol en el desarrollo Fin